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Entrar en las mañanas a un sofisticado vagón del Metro de Santo Domingo y sufrir la agresión de la letanía de un predicador es peor que una mala resaca. Lo doloroso, algo que supera lo desagradable de una nausea o un vómito a causa de los excesos del alcohol; es la pasividad con la que todos reciben el ataque, desde la autoridad representada por el guardia que cuida cada coche,  hasta las personas que, obviamente, se sienten molestas con el intruso pero no hablan por temor a ser repudiados por la costumbre.

Sé que a estas alturas ya muchos deben sentirse molestos con mis palabras, por lo que me apresuro a advertir que no estoy atacando a religión alguna, sino a una práctica desde todo punto de vista, errónea,  agresiva, que no debe tolerarse.

Toda persona tiene derecho a las creencias que elija tener. Hay países como la India, en que cada persona es una religión porque alimenta sus certezas de las virtudes que escoge de entre las muchas deidades que conforman esa religión politeísta. Cada persona tiene sus propias creencias, su propia filosofía de vida, su propia ideología entendida esta como sistema de ideas. Hay muchas otras religiones en el mundo, cada una validada por conformar el ámbito privado de cada individuo que cree, sigue o practica.

El proselitismo es un recurso propio de entidades ansiosas de sumar adeptos, adictos o seguidores y casi siempre tiene detrás intereses económicos, políticos y/o de poder. Aceptaría que cualquiera realice proselitismo a nivel personal, siempre que el receptor acepte, sin imposiciones; pero esa gritería en medio de un vagón de Metro o en otro sitio público que no sea una iglesia, templo, mezquita, etc… es cuando menos irrespetuoso hacia las personas, desagradable y antidemocrático. Más aun, las autoridades -si lo entendieran- deberían prohibirlo.

Pero no voy a soñar siquiera con eso. Hay otras preocupaciones demasiado prioritarias como para prestar atención a la tranquilidad ciudadana. Por eso quiero proponer algo constructivo.

En lo adelante, al calor de las luchas de la sociedad por hacer avanzar la educación; todo aquel que posea conocimientos en diversas materias como Historia, Lengua Española, Geografía, Física, Filosofía, Química, Artes (todas ellas)… en fin; todo aquel que crea que puede contribuir a llevar conocimientos a la sociedad… debe acudir a los más diversos lugares públicos y vociferar amablemente todo lo que sepa.

Puede que al inicio se produzca una algarabía disonante; pero poco a poco nos iremos organizando. Eventualmente correrán trenes donde se aprenda letras, en un mercado libre de pensamiento. Se definirán  esquinas, parques o plazas donde se aprendan las ciencias. El país se convertiría en un hervidero de conocimientos lo que nos hará, como decía Martí, verdaderamente libres. República Dominicana accedería al desarrollo del primer mundo por la vía del saber  y se convertiría en referencia mundial de la educación, el arte y la cultura, que es acaso la más hermosa y prestigiosa referencia a la que nadie pueda aspirar.

Retrocedería la ignorancia y con ella el crimen, la corrupción, la violencia y las desigualdades sociales. Seríamos el paraíso que de verdad podemos ser. Entonces, todo el que quiera mantener sus creencias o abrazar otras podrá hacerlo, y practicar su credo con libertad siempre que respete el derecho ajeno que, como se sabe desde Benito Juárez, es la paz. Ese día habremos echado en el olvido aquella época oscurantista del sufrimiento matinal a manos de los predicadores que violentaban nuestra privacidad y nuestra inteligencia en los vagones del metro y en cualquier esquina de Santo Domingo.

Fuente: 7Dias.com.do

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Acerca de Kelvin Castillo

Kelvin Castillo Feliz Siervo de Jesucristo; Dominicano nacido en Constanza, residente en Santo Domingo. Seguir a @kelvin7rd en Twitter

Un comentario »

  1. Roger M dice:

    Muy cierto. lo que se vive en el Metro con los religiosos y sus gritos es un atentado al al oido del usuario. Em pezando que no nos dejan oir el nombre de la estacion que se aproxima. es un horror y las autoridades del Metro deben ponerle fin

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